Un linaje fundamental que salvó la Cristiandad en España
La Monarquía de la Reconquista nace de un linaje donde Pelayo y Pedro, Duque de Cantabria, son primos carnales y descienden de la misma familia de Liébana, en Cantabria. Gracias a la obra de Pelayo y de los hijos de Pedro de Cantabria, Alfonso y Fruela, se pudieron mantener la Corona y la Cristiandad en España.
Después de la gesta de Pelayo, la línea de su primo segundo Pedro de Cantabria seguirá reinando 300 años (739-1037) por línea de varón. A partir de ahí, el cetro quedó en exclusiva en la familia del Duque de Cantabria:
- Alfonso I, el primer rey en reconquistar territorios.
- Fruela, hermano de Alfonso I, padre de Aurelio y de Vermudo, ambos reyes.
- Aurelio, primo de Alfonso.
- Adosinda, cuyo marido Silo pudo reinar por casarse con ella.
- Mauregato, hermano de Alfonso I.
- Vermudo I (789-791), nieto de Pedro. El padre Enrique Flórez escribió en el siglo XVIII que le corresponde la gloria de ser tronco del árbol de la Casa Real.
- Alfonso II, el rey que reinicia la Reconquista.
- Ramiro I, hijo de Vermudo, que asentó la sucesión hereditaria. La historiadora asturiana Isabel Torrente ve en él el triunfo definitivo de la dinastía de Pedro sobre la de Pelayo.
No es una tesis aislada. Armando Cotarelo, historiador asturiano, concluyó en Alfonso III el Magno que el verdadero tronco de los antiguos monarcas de la Reconquista fue Pedro, Duque de Cantabria. Antes lo habían sostenido Morales, Garibay, Sota o Trelles, y la Real Academia de la Historia, en un informe aprobado el 7 de abril de 1916, situó los orígenes de aquella dinastía en la indómita Cantabria. García Toraño, también asturiano, lo reconoce igualmente.
De ahí una precisión que conviene repetir: la continuidad dinástica que llega hasta don Felipe VI y doña Leonor arranca, en rigor, de Vermudo, nieto del Duque de Cantabria.
Decir «trece siglos desde Pelayo» es una bella fórmula; decir «trece siglos desde la Casa de Cantabria» es más exacto.
Liébana, centro de poder cristiano durante la invasión
La tradición historiográfica sitúa en Liébana el solar de la familia ducal y el primer núcleo desde el que el reino se extendió hacia occidente. Allí habría nacido Alfonso I y de allí desciende Pelayo, hijo del duque Favila, como lo certifica la Carta 23 del Cartulario de Santo Toribio de Liébana.
La frontera entre cántabros y astures tampoco era la de hoy. Cangas era un pueblo de la Cantabria visigoda: Sánchez Albornoz consideró cántabra la comarca de Cangas de Onís, y Peñamellera Alta y Baja pertenecieron a la actual Cantabria hasta mediados del siglo XIX. En tiempos romanos ya lo era, y lo sabemos por la cantidad de estelas romanas de pueblos cántabros que se encontraron en la zona de Cangas de Onís, por ambas laderas del río Sella.
Liébana conserva además un símbolo vivo: el monasterio de Santo Toribio y su Lignum Crucis, que convierten la comarca en lugar de peregrinación y de Año Jubilar. Historia, fe y paisaje se dan cita en un mismo valle.
El legado del Ducado de Cantabria
Recuperar el Ducado de Cantabria no es un ejercicio de vanidad regional: es una herramienta para arraigar a las personas en un tiempo que las desarraiga, y recordar ciertos valores:
- Frente a la incertidumbre, raíces. Cuando todo parece provisional, saber que una comunidad lleva trece siglos unida a la historia de la Corona da sentido de pertenencia y continuidad.
- Frente a la despoblación, valor del territorio. Liébana y los valles de montaña pierden habitantes. Un reconocimiento simbólico puede traducirse en turismo cultural, rutas, investigación y orgullo local que ayuden a quedarse.
- Frente a la polarización, un relato compartido. El origen cántabro-astur no enfrenta a Cantabria y Asturias: las hermana. Es una historia común que suma en lugar de restar.
- Frente a la lejanía de las instituciones, una Corona cercana. La Monarquía se legitima también en su vínculo con los territorios concretos. Un gesto hacia el solar de su primera dinastía la acerca a la gente.
- Frente al olvido, memoria con rigor. Dignificar el Ducado exige investigarlo bien: separar la tradición del dato documentado y abrir el debate a historiadores de ambas comunidades.
Una propuesta a SS. MM. los Reyes
Proponemos que Cantabria ofrezca a la Corona la rehabilitación del Ducado de Cantabria como dignidad territorial, acompañada de un programa que le dé contenido.
El heredero de la Corona ya ostenta títulos que recuerdan los reinos históricos: Príncipe de Asturias, de Gerona y de Viana, Duque de Montblanc, Conde de Cervera y Señor de Balaguer. Falta en esa relación el solar de la primera dinastía. Las vías posibles, de mayor a menor ambición, serían:
- Título de la Casa Real. Incorporar «Duque o Duquesa de Cantabria» a los títulos vinculados al heredero, o a los de la Casa Real, mediante la reforma del Real Decreto 1368/1987 que los regula. Es la opción de mayor alcance y requiere la voluntad del Rey y del Gobierno.
- Gesto de la Princesa de Asturias en Liébana. Una visita oficial de doña Leonor a Santo Toribio y a Cosgaya, idealmente en el próximo Año Jubilar Lebaniego de 2028, reconociendo públicamente el vínculo dinástico.
- Iniciativa institucional cántabra. Una declaración del Parlamento de Cantabria y del Gobierno regional que eleve formalmente la propuesta a la Casa de S. M. el Rey, con el respaldo de los ayuntamientos lebaniegos.
- Rigor y divulgación. Una comisión de historiadores cántabros y asturianos, con la Real Academia de la Historia, que revise las fuentes; y un centro de interpretación del Ducado en Liébana, con una ruta de los orígenes del reino.
Ninguna de estas vías resta nada al Principado. El título de Príncipe de Asturias seguirá siendo el primero del heredero. Se trata de añadir, no de sustituir.
Cierre
La Monarquía tuvo en Liébana su primer hogar, y el linaje de Pedro de Cantabria y de sus descendientes por línea de varón fue la estirpe que la sostuvo durante siglos, hasta la reunión del reino de León con el de Castilla en 1037.
Reconocerlo hoy sería un acto de justicia histórica y, sobre todo, de futuro: ofrecer a los cántabros, y a todos los españoles, una raíz a la que agarrarse cuando el viento sopla fuerte. Cuando doña Leonor reine, sería hermoso que lo hiciera sabiendo que su casa empezó también en estos valles.
Muchos de los testimonios citados se recogen en la obra El Ducado de Cantabria, el origen de un Reino (Ediciones Tantín, 2002, 2.ª edición).